Aunque el poeta modernista ya había visitado España en otras ocasiones, el viaje de 1903 fue su primer viaje a Andalucía. Para organizar su estancia en esta región, contactó con Isaac Arias, cónsul de Colombia en Málaga, a quien conoció en 1892 durante la travesía en barco que los trajo a la Península con motivo de la conmemoración del IV Centenario del Descubrimiento, en la que Rubén Darío participó como miembro de la delegación de Nicaragua. En su autobiografía La vida de Rubén Darío escrita por él mismo, lo describió en los siguientes términos: «Se me pierden en la memoria los incidentes de a bordo, pero sí tengo presente que iba […] uno de los delegados de Colombia, Isaac Arias Argáez, llamado el 'chato' Arias, bogotano delicioso, ocurrente, buen narrador de anécdotas y cantador de pasillos, y que, nombrado cónsul en Málaga se quedó allí, hasta hoy, y es el hombre más popular y más querido en aquella encantadora ciudad andaluza».
MÁLAGA: SOL, DULCES Y CONTRASTES. Aprovechando su amistad con el diplomático colombiano, Darío se instaló en Málaga, destino fundamental de su periplo y donde permaneció más tiempo, desde los primeros días de diciembre de 1903 hasta principios de febrero de 1904. Málaga, «la puerta de Andalucía» para Darío, en palabras de Francisco Sánchez Castañer, fue descrita en función del mar y del sol: el nicaragüense escribía y paseaba a la orilla del mar, veía «sacar el copo á los pescadores, á un lado del esbelto y blanco faro», disfrutaba del buen tiempo y del «sol andaluz», y reconocía que «Málaga es predilecta del divino Helios». Allí, en compañía de Isaac Arias, pasó las fiestas navideñas.
El escritor se mostró fascinado por los suculentos alimentos que se vendían en los comercios en aquellos días, especialmente por los dulces típicos:
«Se compran en las dulcerías y confiterías las sabrosas cosas miliunanochescas ó monjiles, hechas de harinas y mieles, y cuya nomenclatura regocijaría á pantagruélicos abates: turrones y mazapanes, pestiños, roscas, tortas de aceite y manteca, y entre cien otros, los polvorones de Estepa y Laujar, los alfajores exquisitos y golosinas de almendras y azúcar que se deshacen inefablemente en el paladar».
En 1903, huyendo del gélido invierno de París y aquejado por una bronquitis que amenazaba su salud, el gran poeta modernista Rubén Darío emprendió un viaje vital hacia la luz del sur. Lo que nació como una prescripción médica para buscar temperaturas más benignas en Andalucía terminó convirtiéndose en una crónica «zigzagueante» y fascinante sobre la identidad de una tierra donde conviven el lujo cosmopolita y la miseria pintoresca. A través de las páginas de su obra Tierras solares, el autor nicaragüense nos invita a recorrer su periplo —que se prolongó hasta abril de 1904— por Málaga, Granada y Sevilla, capturando desde el «embrujo» de la música flamenca hasta el legado árabe que aún late en sus calles. Este artículo explora cómo el «divino Helios» no solo sanó el cuerpo del poeta, sino que inspiró una de las visiones más lúcidas y melancólicas de la Andalucía de principios del siglo XX.
Portada de la primera edición de Tierras Solares, Madrid, Leonardo Williams Editor, 1904.
Retrato de Rubén Darío en 1892, a los 25 años. Biblioteca Nacional de Chile. Dominio público.