En el primer tercio del siglo XX, España fue testigo de una intensa circulación de artistas iberoamericanas atraídas por oportunidades formativas, el prestigio de sus instituciones y la posibilidad de integrarse en espacios de legitimación artística. Este tránsito se inscribió en un contexto de renovados intercambios políticos, económicos y diplomáticos entre ambas orillas, reforzados a partir de la conmemoración del IV Centenario del Descubrimiento de América en 1892 e intensificados durante la Primera Guerra Mundial y, especialmente, durante la dictadura de Primo de Rivera.
La cultura se convirtió en un puente fundamental para estrechar estos vínculos con iniciativas como los viajes pedagógicos de Rafael Altamira y Adolfo Posada; los intercambios universitarios auspiciados por la Junta de Ampliación de Estudios; la creación de la Oficina de Relaciones Culturales, dependiente del Ministerio de Estado, o la celebración de la Exposición Iberoamericana en Sevilla en 1929. En este contexto, viajar a España, con respaldo institucional o por iniciativa personal, se transformó en una oportunidad clave para artistas iberoamericanos. El Estado español impulsó una red de programas y ayudas para fomentar estas relaciones: la Junta para el Fomento de las Relaciones Artísticas con Hispanoamérica (1920); la autorización para que los y las artistas del continente participaran con los mismos derechos y deberes que los españoles en los Concursos Nacionales de Arte y Arquitectura (1922) y, desde 1924, en las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes; así como un programa de becas para estudiantes de Iberoamérica, fundamental para la llegada de numerosas artistas.
Gracias a ello, España se convirtió en un punto de encuentro cultural. Entre 1921 y 1936, más de trescientas personas del continente realizaron estancias formativas y artísticas en el país. De ellas, al menos cincuenta y siete fueron mujeres: Julia B. Alfaro, Lastenia Araujo de Artiñano, Nina Crespo, América Sosa Maceo, Romilda Ferraría, Eugenia Mera, María de la Paz López Insúa o América Salazar fueron algunas de las pioneras que se integraron activamente en el sistema artístico español por diversas vías.
Una de ellas fue el citado programa de becas, vigente entre 1921 y 1936, que permitió cursar estudios en la Escuela Especial de Pintura, Escultura y Grabado de Madrid (EEPEG), dependiente de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, con maestros como Joaquín Sorolla, Julio Romero de Torres, Manuel Benedito o Cecilio Pla; a la argentina Zulema Barcons Aresti, la mexicana María de la Paz López Insúa, la peruana Isabel Morales Macedo o la chilena Purificación Searle.
Otras artistas que cursaron estudios sin beca oficial fueron las argentinas Romilda Ferraría y Agustina Papelk, o la puertorriqueña Luisina Ordóñez Sabater. Además de la Escuela Especial de Pintura, Escultura y Grabado de Madrid, otras instituciones fueron destino formativo para estas artistas. Purificación Searle, por ejemplo, obtuvo en 1934 una beca de la cátedra de paisaje para estudiar en la Residencia de Paisajistas del Paular; mientras que la escultora quiteña América Salazar ingresó en la Casa de Velázquez de Madrid, donde se convirtió en la única artista iberoamericana admitida allí hasta 1936. También varios estudios se abrieron a ellas: el de Ignacio Zuloaga acogió a la venezolana Nina Crespo; el de Julio Romero de Torres, a la argentina Norah Borges, o el de Ángel Larroque, a la guatemalteca María Aída Uribe.
En las primeras décadas del siglo XX, numerosas artistas cruzaron el Atlántico desde distintos países de Iberoamérica con destino a España, impulsa- das por la curiosidad, el deseo de aprender y la voluntad de compartir nuevas sensibilidades. Muchas encontraron en Andalucía un espacio de inspiración artística y también emocional. Sus trayectorias, durante mucho tiempo dispersas en los márgenes de la historia, conforman un mapa de intercambios y redes culturales entre América y España, un territorio en el que el encuentro artístico se convirtió en una experiencia vital transformadora.
Judith Alpi. Kimono blanco. Ca. 1919. Óleo sobre lienzo. Museo Nacional de Bellas Artes. Santiago, Chile.
Una de las grandes iniciativas culturales impulsadas por el gobierno español hacia la otra orilla del Atlántico fue la creación de un programa de becas para estudiantes de Iberoamérica, instituido por Real Decreto el 21 de enero de 1921. Se establecieron veinticinco ayudas anuales, repartidas entre las distintas repúblicas iberoamericanas. Aunque no estaban dirigidas exclusivamente a artistas, permitieron que más de una treintena de pintoras se formasen en la Escuela Especial de Pintura, Escultura y Grabado de Madrid, dependiente de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, entre 1922 y 1936: Arturo Reque Muruvia, Cecilio Guzmán Rojas, Miguel Díaz Vargas, Domingo Moreno Otero, Pedro Berroeta Morales, Víctor Martínez, Purificación Searle, Santos Balmori, Abelardo Bustamante, Wifredo Lam, Luis Crespo Ordóñez, Pablo Zelaya o Carlos Quíspez.