La desembocadura del Guadalquivir desde la Playa de la Jara, uno de los lugares que más partidas y llegadas han visto a lo largo del tiempo.
La historia, cuando cae en las manos de la demagogia, deja de ser una brújula para convertirse en mala literatura. Nos hemos acostumbrado a presenciar cómo, a ambos lados del Atlántico, se fuerza el pasado hasta desfigurarlo. Resulta desolador observar la tenaz insistencia en ocultar, distorsionar o directamente silenciar cualquier vestigio de la fecunda y positiva presencia española en América. ¿El motivo? Inventar un chivo expiatorio con el que ocultar dificultades actuales o fracasos heredados. Para ciertas narrativas oficiales, perpetuar una leyenda negra y erigir a la España virreinal como la fuente originaria de todos los males ha resultado ser una cortina de humo extraordinariamente útil. Es mucho más sencillo culpar a un imperio extinto que asumir la responsabilidad de los fiascos, las profundas desigualdades estructurales o las promesas traicionadas.
Esta amnesia selectiva es una automutilación de la propia historia. Al renegar de la herencia hispánica, se amputa una parte vital de la identidad iberoamericana. Se pretende ignorar que la huella de España fue un monumental esfuerzo de mestizaje y trasvase cultural, un alumbramiento doloroso, pero extraordinariamente fecundo del que nacieron ciudades de trazado impecable, universidades a punto de cumplir su quinto centenario, una lengua compartida de riqueza inabarcable, las gramáticas de las lenguas indígenas para que no se perdieran o una sensibilidad común. Las élites contemporáneas que agitan el espantajo del colonialismo olvidan que la verdadera historia, la que se teje en las calles, en los talleres y en el alma de la gente siempre termina abriéndose paso entre las grietas del discurso oficial y la construcción de memorias colectivas erróneas.
Frente a esa historia mutilada, el arte, la literatura, la diplomacia y la historia bien hecha siempre han tendido sólidos puentes. Cuando el fragor de las batallas de la independencia cesó y las nuevas naciones buscaron consolidar su identidad estética y espiritual, ¿hacia dónde dirigieron su mirada sus mentes más lúcidas? La respuesta es incontestable: volvieron a España y muchísimos, en particular, a Andalucía. No cruzaron el Atlántico como víctimas que regresaban a la casa del verdugo, sino como herederos que volvían al hogar ancestral para reconocerse en el espejo de sus propias raíces.
Ese viaje de ida y vuelta es el corazón palpitante del dosier en el que están a punto de embarcarse. Lejos del ruido y de las trampas historiográficas, las páginas que siguen, escritas por especialistas de ambas orillas del Atlántico, cartografían una Andalucía que fue refugio, escuela y revelación para una constelación de creadores iberoamericanos de muchísima altura intelectual y artística. Comprobarán que el reencuentro no fue sumisión, sino un diálogo transformador, muy enriquecedor. Veremos al gran poeta nicaragüense Rubén Darío buscar el Sol curativo y el embrujo morisco en una ruta zigzagueante entre Málaga y Granada; al mejicano Alfonso Reyes descubrir, con asombro, que la luz de «oro viejo» y los patios de Sevilla le recordaban irremediablemente a su casa natal en Monterrey. En esa misma encrucijada vital, el poeta brasileño João Cabral de Melo y el diseñador Aloísio Magalhães fundieron la vanguardia gráfica con el duende andaluz, demostrando que las fronteras son solo líneas imaginarias que el arte se encarga de borrar.
Los autores de este dosier nos revelan en este número cómo este abrazo transatlántico transformó ambas orillas de forma irreversible. Les invito, pues, a sumergirse en este número excepcional que tienen entre sus manos. Lean estas páginas como lo que son: un antídoto intelectual contra la polarización y la falsificación de la historia. Frente a quienes hacen trampas al reconstruir el pasado para justificar sus desdichas presentes, opongamos, sin acritud, la luminosa verdad de nuestra cultura compartida. Porque, a fin de cuentas, el océano que algunos creyeron que nos separaba es, y siempre será, el puente infinito que nos une. Por mar partieron y por mar llegaron.