Los azulejos sevillanos fueron ingredientes fundamentales de la arquitectura del neo Renacimiento español, dentro del eclecticismo habanero. Resulta interesante constatar cómo esa ancestral manifestación de la cultura sevillana pasó a ser un rasgo identificador de la arquitectura habanera de entonces, por lo que esos azulejos no deben valorarse sólo por su impronta estética, sino, además, por el vínculo cultural que establecieron entre Sevilla y la capital cubana.
En 1926 Cuba aceptó participar en la Exposición Iberoamericana de Sevilla de 1929, lo que propició un acercamiento a lo español en el ámbito arquitectónico que se prolongó más de una década, encontrando en el pasado ibérico una fuente de inspiración y a la vez, un recurso en la búsqueda de una identidad nacional en arquitectura.
LA CASA POLLACK. La residencia del acaudalado Mark Alexander Pollack, terminada en 1930, fue una de las mansiones más espléndidas de la arquitectura cubana. Estaba ubicada en el exclusivo reparto Country Club, hoy Cubanacán, al oeste de la ciudad de La Habana. A tono con el estatus del propietario, uno de los principales exportadores de tabaco cubano, fue concebida por Leonardo Morales y Pedroso, el arquitecto más prolífico de la etapa, quien tuvo a su cargo el proyecto de las moradas de las familias más pudientes de la sociedad habanera de aquel tiempo, así como edificios públicos de notable trascendencia, entre los que se destacó la Compañía de Teléfonos, terminada en 1927, casi en la misma fecha en que asumió el proyecto para el señor Pollack. Como era propio del eclecticismo que la caracterizaba, la casa exponía una fusión de elementos de los palacios florentinos, combinados con rasgos del Renacimiento español y motivos del neocolonial, entre otras influencias. Está ubicada al centro de un amplio lote, rodeada de extensos jardines, decorados con estatuas clásicas, donde se encuentran la piscina, los garajes y las habitaciones de servicios, tratados también con rasgos clasicistas. Entre sus elementos más atractivos deben mencionarse la fachada principal, con su pórtico y escalinata palladianos, el enorme salón de doble puntal y el espacioso patio claustral hacia el cual dan todas las habitaciones, rodeado de una singular arquería, apoyada en veinticuatro columnas en el primer nivel y doce en el segundo, cada una de un tipo de mármol diferente.
Por su calidad excepcional, esta obra fue incluida en la bibliografía sobre la arquitectura cubana que aborda la etapa, y también en publicaciones foráneas que recreaban con imágenes su magnificencia, tanto en exteriores como en interiores. Sin embargo, apenas se conocen los paneles de azulejos que atesora.
Más allá del océano, el brillo de Triana halló un refugio eterno en el corazón de La Habana. Entre los jardines y arquerías de la majestuosa Casa Pollack, el barro se hizo arte bajo el pincel de Antonio Kiernam Flores para recrear los inmortales lienzos de Goya, tejiendo un puente cromático entre Sevilla y la capital cubana. Esta es la crónica de un tesoro cerámico oculto: una herencia de luz y color que, tras casi un siglo de discreto esplendor, nos revela la huella más vibrante del hispanismo en la arquitectura habanera.
Patio interior de la Casa Pollack. Fotografía de la autora.