El imperio de Napoleón había devorado Europa, pero en el sur, entre las ruinas y la desesperación, quedaba un último bastión. España se desangraba. En mayo de 1808, el imperio napoleónico, imparable, había ocupado la Península, y la monarquía se había rendido. Mientras la nación se precipitaba al abismo, la voz del pueblo en Sevilla se alzó con un clamor desesperado. En aquel instante fundacional de la Guerra de la Independencia, todas las miradas convergieron en un hombre: Francisco de Saavedra. Olvidado por las intrigas de la Corte y retirado por enfermedad, el ex primer ministro fue aclamado in pectore para liderar la Junta Suprema de Sevilla. Su asunción del poder en 1808 fue el verdadero punto de inflexión. Desde ese momento, desplegó una resistencia total contra los franceses, sin parangón en una Europa rendida, forjando un ejército de la nada, buscando alianzas con Inglaterra y Portugal, y manteniendo la llama de la soberanía. Su coraje indomable, esa actitud churchilliana de jamás rendirse, lo llevaría a ser proclamado solemnemente en 1810 como «el salvador de la Patria». Saavedra se alza hoy como el estadista de mayor talla política que España conoció desde los tiempos del Conde Duque de Olivares.
Como el responsable de su gran autoridad moral por su condición de ex primer ministro y hombre del máximo prestigio a partir del comienzo de la guerra en mayo de 1808, Saavedra decidió combatir hasta el final. «No hay paz, no puede haberla mientras que las cosas así subsistan. Que España sea libre, fue el voto universal de entonces; que España sea libre es el voto nacional de ahora». En aquellos momentos de desánimo apeló a los grandes días de gloria: «Nuestra es la victoria, nuestra, si sabemos poner en la continuación y conclusión de nuestra empresa aquel entusiasmo sublime con que la empezamos». En sus proclamas apeló al pueblo: «El pueblo, el pueblo español se mantendrá solo en pie en medio de las ruinas del continente europeo».
En ningún país del continente europeo hubo una resistencia a Napoleón por parte de ningún gobierno como la desplegada por Saavedra en su condición, primero, de presidente de la Junta Suprema de Sevilla y, después, de ministro de Estado de la Junta Central y, por último, como Regente. En algunos de sus discursos habló de «guerra eterna antes que depender directa o indirectamente de Bonaparte».
Con motivo de la claudicación de Austria, el Ministro Saavedra explicitó la actitud churchilliana de no rendirse jamás. «Si los monarcas del norte, olvidando lo que son y de lo que son capaces, consienten en convertirse en siervos del nuevo Tamerlán; si compran a tan alto coste la tranquilidad de un momento mientras le llega el turno de ser devorados; ¿qué nos importa a nosotros, que somos un gran pueblo y estamos resueltos a perecer o triunfar […]? El pueblo, el pueblo español seguirá en pie, en medio de las ruinas del continente europeo» (Gazeta del Gobierno, Sevilla, 30 de noviembre de 1809).
A diferencia de otros gobiernos europeos, aquellos en los que participó Saavedra hicieron una llamada a lo que después se llamaría la guerra total. Cuando Eusebio Bardají, su protegido y a quien designó representante de la Central en Austria, tuvo que dejar Viena, escribió al canciller Metternich que «últimamente la nación española está muy convencida de que el valor, la firmeza de carácter y la perseverancia son los únicos medios de sostener su independencia y su libertad» (Francisco Martínez de la Rosa, Espíritu del siglo, 1846, VII, 99).
Tras el gran desastre del ejército español en Ocaña, que pareció acabar con cualquier resistencia militar viable, su gobierno se mantuvo firme en los momentos de mayor angustia y congoja. Como ministro de Estado del gobierno, su actitud fue sorprendente. Quince días después de la catástrofe, volvía a formarse otro ejército pese a la pérdida de la mayor parte de sus armas. Para ello, según comunicaba Jovellanos a lord Holland el 6 de diciembre de 1809, «se arrebaña cuanto se puede, se construyen lanzas y puñales, se levantan otros cien mil hombres, se toman por las Juntas cuantas providencias dicta la necesidad […]». En una situación tan difícil como aquélla, bien se comprende que menos de un mes después de esta fecha fuera designado regente de España por unanimidad y, acto seguido, aunque nunca se le ha reconocido hasta ahora, pasara a ser el gran cerebro de la defensa de Cádiz frente al más grande asedio de las guerras napoleónicas.
Francisco de Saavedra (1746-1819), el «salvador de la Patria» aclamado por Jovellanos y figura central de la resistencia contra Napoleón. Óleo de Francisco de Goya.
Saavedra fue el principal artífice de la resistencia que hizo posible que las Cortes pudieran reunirse en la única ciudad invicta ante la invasión