Columnas
Dossier

El viaje del pintor mexicano Roberto Montenegro

El influjo de Andalucía en su estética simbolista

MÓNICA LÓPEZ VELARDE ESTRADA
UNIVERSIDAD DE GRANADA

Roberto Montenegro fue un pintor único en el panorama artístico mexicano del siglo XX. Muy pronto demostró ser un estudiante aventajado. Ingresó en la Academia de San Carlos en 1904 y desde entonces captó el reconocimiento de sus coetáneos: Diego Rivera, Saturnino Herrán, Jorge Enciso y Ángel Zárraga, entre otros. Bajo las enseñanzas del maestro español Antonio Fabrés, fue distinguido con diversos premios. En ese mismo año ganó una beca para estudiar en Europa.

MÉXICO. CUANDO TODO EMPEZÓ... Roberto Montenegro tuvo dos momentos importantes de formación en Europa que sumaron en total más de una década: de 1905 a 1909, pensionado por la entonces Escuela Nacional de Bellas Artes de México; y de 1912 a 1920, cuando por su propia cuenta visitó nuevamente París y tuvo una importante estancia en Mallorca (España). El joven Montenegro regresó a México en 1910, fecha del inicio de la Revolución mexicana. Cuando el movimiento terminó, se abrió un gran espacio creativo en la realidad nacional. Los autores tomaron entonces su lugar en la historia plástica de este país. Después de la contienda política, comenzó el gran proyecto de la llamada Escuela Mexicana de Pintura, motivado por el secretario de Educación Pública, José Vasconcelos, quien tomó posesión en octubre de 1921. El ministro le encargó entonces al joven Montenegro la que sería para muchos estudiosos una obra iniciática para el arte moderno nacional: el mural El árbol de la vida. Se trató de una comisión para el interior del templo del excolegio jesuita de San Pedro y San Pablo, en la Ciudad de México. A partir de ese momento, el paso de Montenegro por las corrientes de vanguardia le fue ad hoc y transitó del simbolismo al surrealismo, pasando por el estridentismo, el muralismo y el cubismo, con un despliegue excepcional de talento y genuinidad.

A Montenegro lo envolvió la leyenda de ser un artista que procuró un arte enraizado en los temas nacionales sin estar en el círculo estrecho de los llamados «Tres grandes» del muralismo mexicano: Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco. Transitó por las principales corrientes artísticas del siglo XX, y lo hizo con una renovada visión, asimilando de manera ejemplar tanto lo que aprendió de la cultura europea en su primer viaje como estudiante, como lo que lo nutrieron los insumos visuales y emotivos de todo tipo de su propio país.

Andalucía en Iberoamérica

«¡Cuatro mil pesetas y la Semana Santa en Sevilla!». Con este grito de fortuna y entusiasmo, el joven pintor mexicano Roberto Montenegro emprendió en 1905 una aventura que transformaría su alma y su pincel para siempre. Lejos de la frialdad de los museos, su viaje por Córdoba y Sevilla se convirtió en un «sueño que se hubiera vuelto realidad», un escenario onírico donde la Giralda se transfiguraba en una dama flamenca y las saetas herían el silencio azul de la tarde entre nazarenos, volantes y mantones de Manila. A través de sus evocadoras memorias, Planos en el tiempo, y de los tesoros documentales de la Fundación Carlos Slim, descubrimos cómo el influjo de Andalucía y la complicidad de Julio Romero de Torres alimentaron el espíritu simbolista de un artista excepcional, capaz de fundir la tradición española con la vanguardia mexicana en una fantasía imperecedera.

Fotografía de postal dirigida a Roberto Montenegro con dedicatoria manuscrita: "Al amigo Montenegro. H. Anglada-Camarasa", sin fecha. Colección Centro de Estudio de Historia de México. Fundación Carlos Slim.

imagen

Roberto Montenegro (Guadalajara, México, 1885-Ciudad de México, 1968) en Madrid en 1907. Colección Centro de Estudio de Historia de México. Fundación Carlos Slim.

imagen
Para acceder al contenido completo es necesario realizar la suscripción