Columnas
Artistas y promotoras olvidadas

Habitar el olvido

La invisibilidad de Isabel Santaló y su legado en el arte español

CARMEN RODRÍGUEZ SERRANO
UNIVERSIDAD DE SEVILLA

Isabel Santaló (Córdoba, 1923-2017) representó, sin duda, uno de los mejores ejemplos de valentía, honestidad y dedicación a las artes en el desarrollo de la modernidad durante la segunda mitad del siglo XX español. Su obra, habitual en los circuitos expositivos entre los años cincuenta y setenta, recibió importantes alabanzas por parte de la crítica y de las instituciones culturales nacionales, que destacaron —especialmente en su creadora— el talento y la entrega a una pintura caracterizada por alejarse de todo tipo de pretensiones y complacencias ajenas a su mundo interior. Tal modestia y verdad, unidas a factores como el repudio familiar hacia su profesionalización y desarrollo en el ámbito intelectual, o el adverso contexto al que tuvieron que hacer frente muchas artistas durante el franquismo, contribuyeron a silenciar una identidad que ha pasado desapercibida desde antes de los años ochenta hasta el presente. La escasez de referencias bibliográficas, junto a la llamativa volatilización de gran parte de su producción, no hace sino avivar el deseo de indagar en una mujer que ha habitado el olvido durante demasiado tiempo.

Para cualquier artista, su obra es, incuestionablemente, una parte indisoluble de su identidad creativa, más allá de la variabilidad en la percepción que de aquella pueda producirse a lo largo de su trayectoria. En este sentido y como consecuencia de una transformación personal, la historia del arte está repleta de casos en los que cambios políticos —en periodos de censura y represión— o crisis motivacionales suscitaron el desapego de los autores hacia su propio trabajo, llegando incluso a la ocultación o autodestrucción de este.

Lo excepcional, al tratar la desaparición de un legado que dificulta el estudio de estas figuras, surge al advertir cómo existen ejemplos de artistas prolíficos, con un enfoque propio en el modo de entender la creación, de los que apenas se conservan piezas, y no precisamente por un autorrechazo hacia ellas. Esta coyuntura inusitada es la que presenta la producción de Isabel Santaló: difícil de encontrar en museos, galerías o incluso en casas de subastas españolas, pese a contar con una nutrida obra que durante décadas fue asidua a esos circuitos y cuya existencia puede rastrearse gracias a fuentes catalográficas y hemerográficas, entre otras.

Tal invisibilidad, que no es fácil de explicar, puede ser resultado del descuido y el olvido, o quizá de la intencionalidad.

ELLA. Isabel Martínez Ruiz era el nombre completo de esta pintora, que nació en Córdoba, en el seno de una familia pudiente, en el año 1923. Su origen despertó en ella una vocación artística precoz, interesándose por el tradicional repujado en cuero, una labor que requería el dominio del dibujo. El estudio de este, de manera accidental en un primer momento, la condujo a la pintura, disciplina en la que se inició copiando a otros artistas para, finalmente, alcanzar su propia esencia y dejar atrás la mera imitación.

Del Centro de Artes y Oficios de su ciudad pasó a la recientemente creada Escuela Superior de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría, en Sevilla, en 1945, y de ahí a la de San Fernando, en Madrid, donde conectó sin retorno con la contemporaneidad —mucho más diluida e inaccesible en el contexto provinciano—, continuando su aprendizaje con los afamados Daniel Vázquez Díaz y Ángel Ferrant.

En ese periodo, con una base plástica y técnica acreditada, ya manifestaba temperamento e interés por una pintura viva, desligada de modas y etiquetas y encaminada progresivamente desde la figuración hacia la abstracción.

El culmen de esa sólida formación académica llegó con el estudio de la especialidad de Restauración, disciplina en la que fue una de las precursoras a nivel nacional y que le permitió conectar, aún más si cabe, con lo intrínseco de la actividad pictórica y la materia. Dicha preparación, iniciada en la capital española, se desarrolló posteriormente en otros lugares como París, donde se vinculó al Museo del Louvre y al importante taller de Émile Rostain. Estas incursiones profesionales, unidas a su temprana participación y éxito en Exposiciones Nacionales de Bellas Artes —como la de 1957— y a las múltiples becas que la llevaron a Estados Unidos o Italia, consolidaron la notoriedad y la proyección internacional que alcanzó en aquellos años gracias a su trabajo y empeño.

Recorte de noticia de Isabel Santaló, 1957. Reproducida en Pueblo, 07-08-1957, p. 14.

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Isabel Santaló representó uno de los mejores ejemplos de valentía, honestidad y dedicación a las artes en el desarrollo de la modernidad durante la segunda mitad del siglo XX español

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