Desde la segunda mitad del siglo XIX y hasta la primera mitad del XX, Argentina recibió una monumental cantidad de inmigrantes de distintas partes del mundo, pero mayoritariamente europeos que dejaban un continente azotado por guerras y hambrunas y viajaban al otro extremo del globo para incorporarse a una nueva y pujante nación que crecía exponencialmente por entonces. Expresado en números redondos, hubo alrededor de seis millones de inmigrantes, de los cuales el cuarenta por ciento fueron españoles. Esto generó una profunda e indeleble transformación en la sociedad receptora que, antes del alud inmigratorio apenas contaba con dos millones de habitantes según el primer censo de población realizado en 1869, dándose así un fenómeno inédito por lo cual la población local previa se vio triplicada por los inmigrantes recibidos.
Uno de los primeros efectos de la inmigración fue el surgimiento de asociaciones de diversa índole que reunían a los recién llegados y brindaban un espacio para interactuar y potenciar sus capacidades, así como todo tipo de servicios de asistencia y recreación. Nos referimos a las Sociedades de Socorros Mutuos, Hospitales y Clubes que agrupaban a inmigrantes provenientes de una misma región o un mismo país con presencia en las principales ciudades argentinas, pero muy especialmente en Buenos Aires, la capital, que se convertía aceleradamente en una gigantesca metrópoli.
De entre estas múltiples sociedades nos referiremos hoy a una de las más emblemáticas, el Club Español, fundado en 1852 originalmente como Sala Española de Comercio, siendo la más antigua de las instituciones de inmigrantes españoles, no solo en Argentina sino en el Mundo.
EL CLUB ESPAÑOL. En 1907, el Club compró unos terrenos en pleno centro de la ciudad de Buenos Aires. Inmediatamente, convocó una licitación internacional para la construcción de su nueva sede social, cuyo ganador fue el arquitecto holandés Enrique Folkers. El proyecto siguió el estilo Art Nouveau, pero incorporando elementos decorativos que aluden al destino del edificio como asociación de españoles y particularmente a Andalucía. En este sentido, destacan ya desde la fachada los tres arcos de herradura que conforman el balcón del salón principal del edificio que, tanto por su dimensión como por su ubicación privilegiada en el centro de la composición, se convierten en protagonistas del proyecto.
Esta idea de asociar lo hispanoárabe y, por lo tanto, tomar como referentes a muchos de los principales monumentos de este período que se ubican en Andalucía, como símbolo de lo español, venía desarrollándose desde tiempo atrás tanto en la Península como en América. Se basa en el principio, vigente en tiempos de los revivals de estilos históricos y en el surgimiento de los estados-nación, por el cual cada país tomaba como estilo nacional al más representativo de su historia y a aquel que lo identificaba y diferenciaba de las demás naciones.
En el corazón monumental de Buenos Aires se alza la centenaria sede del Club Español, un edificio que encapsula la historia de la inmigración y los ecos de la metrópoli. Sin embargo, en sus cimientos, se esconde una joya arquitectónica que trasciende el tiempo y el espacio: el Salón Alhambra. Mediante una profusa ornamentación nazarí y unos murales que fingen ser un mirador, este espacio nos invita a un viaje artístico y sensorial a la Granada andalusí, revelando los profundos lazos culturales que, a través de la historia y la migración, unen al Sur de Europa con el Sur de América.
Arcos neoárabes en el acceso al Salón Alhambra. Su diseño, con alfiz y albanegas decoradas, remite directamente a los modelos de la Alhambra. Fotografía del Autor.
Es la institución más antigua de los españoles en el extranjero, fundada en 1852 con el nombre de Sala Española de Comercio. Fue declarado Monumento Histórico Nacional en 2014