Alfonso Reyes fue un mexicano con aspiraciones universales. Nació en la ciudad de Monterrey, en el estado de Nuevo León, México, en 1889, y murió setenta años después, en la capital del país, a finales de 1959. Perteneció a la élite política y económica de México hasta las primeras décadas del siglo XX: era hijo de Bernardo Reyes (1850-1913), quien fue gobernador de Nuevo León, jefe de la Zona Militar del Noreste y ministro de Guerra. Esos años (aproximadamente treinta) correspondieron a la dictadura de Porfirio Díaz (1876-1911, con una pausa entre 1880 y 1884), que trajo paz y un desarrollo económico que únicamente fue favorable para un sector muy reducido de la población, mientras que dejó sin beneficio alguno a la inmensa mayoría.
La Revolución Mexicana estalló en 1910. Bernardo Reyes fue cabecilla en el último golpe de Estado en la historia de México: el 9 de febrero de 1913 quiso tomar el Palacio Nacional y derrocar al presidente constitucional Francisco I. Madero (1875-1913); murió por las balas de los defensores, leales al mandatario. Al año siguiente, Alfonso debió salir de su país, y fue entonces cuando se inició la década española del poeta, periodista y ensayista mexicano: vivió en España entre 1914 y 1924. Madrid fue la sede principal del escritor y allí conoció a la élite literaria y filológica del país. Y desde allí realizó viajes que lo conectaron con el resto de la Península, siendo en este contexto cuando se familiarizó con Andalucía.
UN CONTRAPUNTO: RILKE EN ANDALUCÍA. Un poco mayor que Alfonso Reyes, el poeta de lenguas alemana y francesa Rainer Maria Rilke (1875-1926) fue un paradigma de la relación entre las letras y la geografía, entre la palabra y el paisaje. Rilke nació bajo el amparo del Imperio austrohúngaro. Durante la creciente disolución del imperio, Rilke se quedó sin pasaporte hacia 1916. Fue por un tiempo un apátrida. Y, como el poeta francés Paul Valéry (1871-1945), acabó considerándose un europeo: se vio como un hombre continental más que nacional o regional. Y fue buscando —en cada paisaje y en cada urbe— una imagen de la exploración de su propio mundo interior y un modelo de espacio para la convivencia armónica con las demás personas.
Si comparamos la recepción de Andalucía en Rilke y en Reyes, advertiremos dos actitudes muy distintas. El cotejo entre el mexicano y el europeo nos permitirá percibir mejor, por contraste, cómo asimiló el primero Andalucía a su visión del mundo y a su vida concreta. Por lo demás, para ambos autores hubo un respectivo título equiparable: España en Rilke, de Jaime Ferreiro Alemparte, y España en la obra de Alfonso Reyes, en edición de Héctor Perea.
Fue la urgencia económica la que convirtió a Reyes en periodista y filólogo. Se ganó el pan entre el rescate de textos literarios y el comentario acerca de los mismos, así como eventuales traducciones, todo ello con el apoyo de figuras como Ramón Menéndez Pidal. Para el periodismo recibió también un respaldo que, un cuarto de siglo después, él compensaría cuando estalló la Guerra Civil española y contribuyó a la creación de la Casa de España en México (1939), posteriormente convertida en El Colegio de México.
Rilke se resistió a la redacción rápida y coyuntural del periodismo y a la redacción lenta y académica de la filología. De hecho, él fue radicalmente sólo un poeta, con algunos pocos escritos narrativos. Recibió el apoyo de muchas personas —varias de ellas aristócratas, como la princesa Marie von Thurn und Taxis, o simplemente muy ricas, como el filósofo Ludwig Wittgenstein— para enfrentar las penurias derivadas de la Primera Guerra Mundial, de la pandemia de 1918 (la mal llamada gripe española) y de los vertiginosos cambios de líneas fronterizas tras los colosales fracasos de las élites gobernantes europeas a la hora de llegar a acuerdos que impidieran las confrontaciones bélicas. En suma, ambos sufrieron el mismo contexto europeo entre 1914 y 1924, y cada uno encontró distintas formas de salir adelante con la ayuda de la pluma.
¿Podía el sol de Sevilla, con su matiz de «oro viejo», sanar las heridas de un exilio? Alfonso Reyes, el «mexicano universal», encontró en los patios andaluces y en el rumor de sus calles una brizna de su Monterrey natal. Entre 1914 y 1924, mientras el mundo se desmoronaba, el pulso de su escritura se nutrió de visiones, sensaciones y una profunda comunión con el paisaje del sur. Acompáñenos en este viaje por la geografía sentimental de un poeta que vio en Andalucía no solo una región, sino una síntesis vital de luz, lengua y memoria.
Torre del Oro de Sevilla, 1917. Fuente: Junta de Andalucía. Consejería de Cultura y Deporte, Museo de Artes y Costumbres Populares de Sevilla, colección Postales de Sevilla.
Retrato de Alfonso Reyes en un jardín. Ciudad de México, 1920. Fuente: Instituto Nacional de Antropología e Historia. Fototeca Nacional, México.