Columnas

Una espada japonesa en Guadalcanal

Un testimonio singular de la guerra del Pacífico en la Sierra Norte de Sevilla

¿Qué hace una espada japonesa en un pueblo de la Sierra Norte de Sevilla? Puede parecer un hecho excepcional, pero, realmente, tiene una profunda vinculación histórica. En la época de las grandes exploraciones ibéricas, en pleno siglo XVI, un osado vecino de Guadalcanal, enrolado en la expedición de Álvaro de Mendaña, Pedro Ortega Valencia, dio el nombre de su pueblo a una remota isla del gran Océano Pacífico. Más de tres siglos después, en el transcurso de la batalla de Guadalcanal, una espada japonesa fue entregada como obsequio al pueblo en 1964. Los caminos del Extremo Oriente y el Extremo Occidente se entrecruzaron más de una vez en la Historia.

CARLOS A. FONT GAVIRA
UNIVERSIDAD DE SEVILLA

Una espada japonesa conservada en Guadalcanal simboliza el inesperado cruce entre la historia de la Sierra Norte de Sevilla y las rutas del Pacífico en plena Segunda Guerra Mundial.

imagen

Fotografía de un puesto de ametralladora, en plena selva, resguardando a unos infantes de marina que se bañan en un río. Archivo del autor.

Acostumbramos hoy a construir nuestra visión del pasado no tanto a través de los libros, como del cine y los documentales. El final de la Segunda Guerra Mundial —el conflicto más devastador que la Humanidad ha conocido— acaba de cumplir su octogésimo aniversario. Los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki dieron la puntilla definitiva a un Japón exhausto, junto a la intervención soviética de última hora. La rendición del Japón metropolitano quedó inmortalizada en la icónica imagen de la delegación japonesa, a bordo del acorazado estadounidense USS Missouri, rindiéndose ante un informal MacArthur. Sin embargo, miles de guarniciones japonesas permanecían aisladas en decenas de atolones, islas e islotes del inmenso océano Pacífico. Muchas de ellas, contra su voluntad, se vieron obligadas a capitular y, como gesto simbólico, a entregar sus espadas colocándolas en el suelo, frente a las tropas aliadas. Pues bien, en un pequeño pueblo de la Sierra Norte de Sevilla, Guadalcanal, se conserva una de esas espadas. En una vitrina del Ayuntamiento, cuidadosamente protegida, se exhibe una espada japonesa perteneciente a un militar de alta graduación, entregada a los mandos estadounidenses como tributo de rendición durante la batalla de Guadalcanal (1942–1943). ¿Cómo llegó hasta aquí este testimonio silencioso de la guerra?

UNA ISLA DESCUBIERTA POR UN GUADALCANALENSE. Para narrar esta historia es preciso retroceder varios siglos para comprender cómo una pequeña isla en el infinito océano Pacífico lleva el nombre de esta población sevillana. Durante la exploración del Mar del Sur —como se denominó inicialmente al océano Pacífico— varias expediciones españolas partieron desde las costas suramericanas en busca de la mítica Tierra Austral. La expedición de 1567, comandada por Álvaro de Mendaña (1541-1595) pretendía establecer una colonia de poblamiento en las islas Salomón. Entre la tripulación que componía las dos naves se encontraba el que habría de convertirse en el más célebre guadalcanalense: Pedro de Ortega Valencia (1520-1598). Acompañado de su hijo Jerónimo, Pedro Ortega recorrió y exploró diversas islas, especialmente la mayor de ellas: Guadalcanal.

En sentido inverso al de las exploraciones españolas, los japoneses comenzaron a establecer contactos con el lejano Occidente. Destaca la figura de Hasekura Rokuemon Tsunenaga (1571–1622), protagonista de un viaje que puede leerse casi como una odisea oriental en tierras europeas. La embajada japonesa llegada a España entre 1613 y 1614 resultó determinante para las relaciones entre la Monarquía Hispánica y el Japón. Los miembros de la misión, ataviados con sus vestimentas tradicionales y portando al cinto sus espadas —katanas y wakizashi—, fueron recibidos por el cabildo hispalense, al que entregaron un documento en japonés (junto con su traducción al castellano) y varios obsequios: una katana y una daga. Todos estos presentes acabaron conservados en el archivo de la ciudad. Sin embargo, como apunta Marcos Fernández Gómez (véase el número 73 de Andalucía en la Historia, p. 30), solo se ha conservado el documento: la daga desapareció en 1634 y la katana en torno a 1868. Hubo de pasar aún mucho tiempo para que otra espada japonesa volviera a permanecer en la provincia de Sevilla.

Para acceder al contenido completo es necesario realizar la suscripción