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Viajeros mexicanos en Granada (1870-1960)

Un diálogo transatlántico

RAFAEL LÓPEZ GUZMÁN
UNIVERSIDAD DE GRANADA

En la construcción identitaria de Andalucía, los viajeros que se acercaron a esta tierra a caballo entre los siglos XIX y XX fueron fundamentales por la valoración que hicieron, con un carácter romántico y oriental, de nuestra cultura. Adjetivos que se convierten en tópicos, constituyendo sus publicaciones y comentarios uno de los cimientos para la conservación y puesta en valor del patrimonio andalusí.

Ahora bien, no solo llegaron de Europa y Estados Unidos, sobre todo por la atracción que significó la edición de los Cuentos de la Alhambra de Washington Irving (1832), sino que, además, viajaron muchos hispanoamericanos que han sido olvidados y que hay que recuperar, ya que sus percepciones, por la sencilla razón de hablar la misma lengua, profundizan más en el conocimiento del entorno que visitan, a lo que se suma la historia compartida.

Este artículo se centra fundamentalmente en los viajeros mexicanos. Precisamente, este país está muy presente en Granada. Siempre es necesario citar la famosísima canción de Agustín Lara, compuesta en 1932, cuando el compositor aún no conocía la ciudad, que visitó, finalmente, en 1964. Canción declarada oficialmente himno de la ciudad desde 1997. No olvidando, tampoco, los famosos versos de Francisco de Icaza (1863-1925):

Dale limosna, mujer,
Que no hay en la vida nada
Como la pena de ser
Ciego en Granada.

Fue compuesta a la sombra de los palacios de la Alhambra, durante un viaje, de carácter romántico, tras su boda en 1895 con Beatriz de León y Loynaz, nacida en La Habana, pero criada en Granada.

LA MIRADA MEXICANA. La primera de las viajeras, atendiendo a un orden cronológico, es Isabel Pesado de Mier (1832-1913), que nos visitó en 1870. Poco tiempo después llegó el general Ignacio Martínez Elizondo (1844-1891), que lo hizo en 1875. Ambos publicaron los relatos de sus itinerarios en París, dedicándole importantes capítulos a Granada.

En el caso de Isabel Pesado, sus descripciones están cargadas de lirismo, a la vez que intercaladas de poemas que compuso durante su estancia. Así, cuando visitó el Generalife, se retrasó con respecto a sus acompañantes, se quedó sola, y si hasta ese momento nos había relatado lo que iba viendo, ahora señala: «Me parecía transportada al Edén y que mil sombras vaporosas, unas surgiendo del centro de las aguas y otras descendiendo de las copas de los árboles, vagaban en pos de perdidas ilusiones». Párrafo que nos remite a los cuentos y visiones fantasmales de leyendas alhambreñas de Irving.

Por su parte, el general Ignacio Martínez narró su paseo urbano, ascendiendo desde la ciudad hacia la Alhambra por la Puerta de las Granadas, atravesando el bosque y entrando por la Puerta de la Justicia al conjunto palatino. Disfrutó, con la visión perceptible desde la parte más alta, de la ciudad y de la vega circundante, así como del barrio del Albayzín. A continuación, penetró en los palacios. Es aquí donde comienza su valoración subjetiva: «Unos cuantos pasos y he entrado en el Patio de los Arrayanes; he pasado de la Tierra al Paraíso. Se encuentra uno con un conjunto bello, gracioso, fantástico, deslumbrador, que ni ha soñado, ni puede comparar con lo que ha visto antes. Diríase que son construcciones de un planeta superior».

En el palacio de los Leones nos hace comentarios sutiles sobre el ingenio y paciencia de sus constructores. Y, a modo de conclusión, añade: «El conjunto de bellezas que se admiran en el Palacio de la Alhambra pasma la inteligencia. Todos los misterios de Egipto, los perfumes de la India, los esplendores del Oriente están aquí reunidos. Es un sueño de árabe, realizado, una mansión de hada, un poema oriental escrito en piedra».

Un puente de luz

Granada, la última capital morisca, ha sido desde Washington Irving el epítome del sueño romántico y oriental. Pero más allá de la fascinación europea, existe una estirpe de viajeros que se acercó a la Alhambra con una brújula distinta: la de la lengua y el pasado cultural compartidos. Estos intelectuales y artistas iberoamericanos, hombres y mujeres cultos que se prepararon con lecturas previas, trascendieron el tópico y ofrecieron un diálogo transatlántico. Sus crónicas, llenas de matices y diferencias a lo largo de un siglo de historia, son el espejo de una mirada más íntima y profunda.

Retrato de Ignacio Martínez Elizondo, inserto en su libro Recuerdos de un viaje en América, Europa y África. (París, 1884). Archivo Rafael López Guzmán.

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Isabel Pesado de Mier. Estampa incluida en su libro Apuntes de viaje de México a Europa en los años de 1870-1871 y 1872 (París, 1910). Archivo Rafael López Guzmán.

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